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Albert Rivera: “Podría ser un líder de centroizquierda”

PAPEL entrevista al candidato de Ciudadanos a La Moncloa

“Llegué a pensar que Ciudadanos era flor de un día”

Fue hace tres años. Albert Rivera era un político prometedor, cierto, pero también de ésos que respondía presente al primer hueco en televisión. ¿Tertulia de sábado noche? Presente. ¿Martes al alba? Presente. ¿Debate nacional? Presente. ¿TDT chapucero? Presente. ¿Tarot nocturno? Por qué no. Un responsable televisivo de alto nivel me paró el lunes en un pasillo.

-Javi, el sábado tuve una sensación alucinante con Albert Rivera.

-No estuvo mal, cierto.

-No, no, he dicho alucinante. Estaba en control de realización y me dio la sensación de estar escuchando al próximo presidente del Gobierno.

-¿Has desayunado bien?

La escena dice mucho sobre mis dotes predictivas. Y también sobre la capacidad de persuasión de Rivera, uno de esos tipos que parece haber nacido para asumir responsabilidades. En su club de natación, en una reunión vecinal o en un consejo de ministros. Sentados en un hotel madrileño, no sabía si hacerle las preguntas previstas para PAPEL, interrogarle sobre cómo amueblar mi cocina o descubrir si, en el rato de un café, también tenía solución para lo de Siria. Es Rivera, él tendrá la respuesta. O parecerá que la tiene, algo crucial en esta sociedad construida sobre la apariencia y lo fugaz.

Esa hiperpreparación, que algunos vislumbraban hace tiempo, sumada a un olfato descomunal para captar un nuevo tiempo político, lo han propulsado a posible presidente del Gobierno. Su reverso, la imagen de sobrado, le planteará un problema cuando algo le haga parecer vulnerable y se rompa su coraza de traje-entallado-y-corbata-fina-de-superhéroe. Un caso de corrupción, un patinazo o un rayo cósmico, qué sé yo, veremos. Pero ese momento no ha llegado (de su aventura populista ultracatólica antieuropeísta de 2009 ya hablamos luego, si eso), así que centrémonos en la realidad.

La realidad es que Albert Rivera llega vestido informal a las 16.45 de un día en pleno maremoto de campaña, pero tras «un par de horas libres». Yo no las he tenido y no me presento a La Moncloa. Si Rivera anhela cambiar su imagen odiosamente perfecta, empieza con mal pie.

Arranca directo al grano con un discurso que condensa toda su teoría y no gustará a la izquierda. Resumámoslo como la botella medio llena de España: «Llevamos ocho años de crisis, de 2007 a 2015. La gente ya sabe que se ha robado, que se han hecho aeropuertos vacíos, que se han saqueado las cajas… Ahora lo que toca preguntarse es si somos capaces de abrir una nueva etapa o si nos pasamos cuatro años más alargando esta crisis política y económica. Y yo percibo en la gente más ganas que miedo».

Él se identifica con las ganas; lo del miedo se lo deja a Pablo Iglesias. No lo especifica. Tampoco hace falta.

Podría decirse que Rivera intenta aprovecharse del síndrome popularmente conocido como EHF (Ensoñación del Hincha Futbolero): como el ciudadano no puede cambiar tan a menudo como desearía de coche, casa o pareja, al menos anhela variar el entrenador para darle algo de vidilla a la existencia y al café de la mañana. El 70% de los españoles confiesa que preferiría ver a un partido que no sea el PSOE o el PP gobernando, pero muchos de ellos votarán a esas dos formaciones. Caso clínico de EHF aplicado la política.

Vienes a decir que tu campaña es en positivo y la de Podemos en negativo.
Es que el líder de los indignados tiene que estar indignado. Es el papel que se autoatribuye Podemos. Y yo quiero liderar a los españoles que quieren ser mejores, inconformistas pero no antisistema, que somos de la clase media… Somos dos partidos contemporáneos, pero con orígenes y principios casi antagónicos. Toda España estaba indignada aunque no saliera a la calle.
Eso suena al concepto de «mayoría silenciosa» de Rajoy.
No, porque Rajoy dice que España va bien. Hoy hay más de cuatro millones de parados, siete millones de españoles que trabajan y no llegan a final de mes y hasta autónomos y empresarios pobres que deben parar su negocio. El milagro español fue conseguir una clase media en años de dictadura, pobreza y distanciamiento de clases. Un logro degradado con esta crisis. El objetivo no es disolver nada, ni el euro ni la sociedad de mercado, sino volver a lo que habíamos hecho bien. España tiene goteras, se han puesto parches y hace falta una reconstrucción, pero vamos a pedir permiso de reformas a los españoles sin tirar la casa.

Rivera quiere surfear sobre la «frustración de la burguesía» y el «cansancio de la clase media» que tan certeramente describe el escritorAlessandro Piperno en su análisis de la Italia pre Renzi. La crisis de los hijos de papá que nunca podrán comprarse una casa como aquélla en la que crecieron. Una desilusión de la que nadie les avisó y para la que nadie les ha preparado. La clase decadente no se manifiesta, pero acumula fatiga. Esa gente que suele decir «los experimentos, con gaseosa», pero por una vez está tentada de agarrar el sifón. Rivera quiere convencerles. Con vehemencia. Tanta, que por momentos raya lo abrumador, como un monitor intentando que te apuntes al gimnasio durante la visita gratis del primer día.

COACHING‘. Esa pose de buen vendedor no es sólo convicción, es entrenamiento.Dice que sus dos años de coaching le han cambiado. Le han ayudado a identificar qué le hace feliz y cómo subrayar lo positivo. Lo raro no es un (quizás) presidente del Gobierno que acude a un coach. Lo inaudito es un (quizás) presidente que lo admite: «Empecé a hacerlo y, ahora, lo hace toda la ejecutiva del partido, el equipo de campaña… La gente lo pide. Quieren tener esas sesiones para mejorar su actitud y su liderazgo».

¿En serio a un presidente del Gobierno le hace falta un coach?
Un buen presidente del Gobierno es un coach de la sociedad que gobierna. El coaching sirve para sacar lo mejor de uno mismo, un equipo o una sociedad. Es un liderazgo, una actitud.
¿En qué se diferencia de ir al psicólogo o una charla con el cura en la España de hace 50 años?
Que no hay indicaciones morales ni médicas. Sólo se trabaja la actitud. Mi campaña es en positivo y tiene que ver con eso. A todos nos motiva más un sueño que lo que nos fastidia. Cuando planteas a la gente un país mejor, responde. Para tener un país feliz hace falta un presidente feliz. Es muy difícil liderar algo sin serlo. Me parece fundamental.

Y ahí lanza Rivera su flecha naif, donde menos le esperaba, directa al ceño fruncido de Pablo Iglesias, sus hombros en guardia o esa sensación de llevar una talla menos que últimamente transmite el líder de Podemos. O al mustio sonreír de Mariano Rajoy, con su fantasía de registrador, su atávica alergia a la alegría en público.

Un extraño argumento político, la felicidad. La convicción de Rivera es apabullante, y ni aun así consigue hacerme creer que se imagina siendo feliz con las responsabilidades de La Moncloa.

En esta España mutante -en acción de mutar, no se alarmen- da la sensación de que el país no se debate tanto entre izquierda y derecha como entre un presidente con Loden, uno con abrigo de Zara o uno con chubasquero de hipermercado. Los regímenes presidencialistas, Francia o Estados Unidos, privilegian el perfil del padre de la nación en el sillón gobernante. Este país, el 20 de diciembre, decide si quiere proseguir esa senda o prefiere un cuñado de la nación.

Leyendo Juntos Podemos, primer libro de Albert Rivera, a uno le tumba cierto buenismo. Frases fórmula como «sólo existe una alternativa a la democracia y es más democracia». Pasando las páginas se suceden los estoques de tertulia y sabes que es inevitable, que la cita va a llegar, que la comparación está al caer, que no va a poder resistirlo, cuando, en la página 43, ¡paum!, Kennedy: «No te preguntes qué puede hacer tu país por ti..» y tralará. De hecho, eso fue Kennedy, el cuñado ideal; el primero que hizo sentir a un país que le tocaba renovar el vestuario de posguerra: «Siempre he sido muy yanqui en eso. La visión de la vida política pública estadounidense me gusta. Kennedy, para los que valoramos el liderazgo y la comunicación política, es un referente. Abrió una era nueva. Pasa como con Obama. La empatía que llegan a tener es increíble».

En la recepción del hotel nos abordan dos chavales de unos treinta, teléfono móvil en mano. Click, click, click van cayendo las fotos, individuales y de la sociedad en su conjunto, y el álbum de Albert Rivera se va completando. Bienvenidos a la nueva época: un selfie, un voto.

Pero este yerno pluscuamperfecto, a sus 35 años, también ha cometido muchos errores. «Me cerré demasiado en mí mismo. Me sentí inseguro. Con 26 años, me quedé solo ante el peligro en Ciudadanos, sin equipo propio y el mayor enemigo fue el miedo. Te cierras, no confías en los demás… y eso me pasó en los primeros dos años. No fui feliz. Y cuando no eres feliz, eso se transmite. Estás a la defensiva». La felicidad como meridiano diferencial. De nuevo. Por momentos, temo que cite a Murakami; o peor, a Paulo Coelho.

Pensé que ibas a mencionar, como gran error del pasado, tu coalición con Libertas y Miguel Durán para las Europeas de 2009.
Es que esa coalición fue la consecuencia más clara de aquel periodo a la defensiva. Intentamos llegar a un acuerdo con UPyD y no quisieron, en nuestro partido había una crisis interna… No supe hacer las cosas y tomamos malas decisiones. Después me planteé dejarlo. Toqué fondo. Llegué a pensar que Ciudadanos fue flor de un día, una simple sacudida de la sociedad civil. Ahí hubo una especie de conjura. Ése fue el punto de inflexión, cuando en el 2010 empezamos a repuntar. No hemos dejado de crecer desde entonces.

Albert Rivera se expresa mejor que cualquiera del resto de candidatos a la presidencia, a galaxias de distancia del segundo. Para no dejar mal a Rajoy o a Pedro Sánchez, me dejaré mal yo, que siempre es un recurso narrativo más cómico. Programa de Ana Rosa, dúplex con Albert Rivera. Me lanzo convencido desde plató y, en el primer intento de estocada, sobre Cataluña, salgo esquilmado. Touché.

Segunda acometida: Pedro Sánchez le había llamado la víspera «de Nuevas Generaciones del PP». Ahí podía haber un titular. Segundo viaje. Passing shot: «Mire, entiendo el sentido periodístico de su pregunta, pero ya es hora de que en este país superemos el ‘y tú más’. La gente espera algo más de nosotros».

Honestamente, ni me dolió. Fue como volver a casa tras un KO al segundo de que suene la campana. No me quedaba ni el orgullo vendado de las magulladuras. Me imaginaba a su jefe de prensa, en plano opuesto a la posición de la cámara, diciendo: «Vuelve a por otra cuando quieras, majo».

Me mira a guisa de disculpa cuando le comento la escena y se le escapa un «no pretendía darte dos hostias tampoco». Gentil desde su orilla, de dolorosa condescendencia desde la mía. Y explica algo que cuesta rebatirle: «Cuanto más digo lo que pienso, mejor. Y es que de verdad me aburre responder a los ataques personales, las puñaladas. El politiqueo no me interesa. Pablo Iglesias ha dicho de ti… Rajoy ha dicho de ti… Con esa dinámica, políticos y periodistas nos retroalimentamos y nos metemos en la rueda del hamster y hacemos la política más pequeña».

COACHING‘. El ascenso de Ciudadanos en esta recta final de campaña ha sido un fenómeno fulgurante, masivo y a veces cargante, como un grupo de WhatsApp con los padres del colegio. Con las encuestas tras las catalanas, la cosa podía no ser para tanto. Un mes después, las cifras se consolidaron. Yendo a trabajar, ya notabas sospechosas prendas naranjas en cada parada de autobús. Y terminabas frotándote los ojos ante una vitrina porque la gente compra sillones anaranjados para su salón. Sí, anaranjados. Pero cuando crees que has salido de la pesadilla quedas a comer un domingo con la familia y, sin tiempo a colgar la chaqueta, tu padre, losantiano de pura cepa, te lanza con refulgente sonrisa: «Me he hecho de Ciudadanos». Como rejuvenecido, como si hubiera hecho 30 minutos de elíptica. «Papá, ¿en serio?». Omites el «a tu edad» y rezas para que lo siguiente no sea comprarse un scooter como el de Rivera.

En la distancia corta, Rivera sabe que ser presidente puede llevarle varios asaltos: «Se puede producir una paradoja: que algunos puedan ganar las elecciones, perder muchos escaños y tener una crisis muy gorda.Y otros, que no estamos en el Congreso, tengamos muchos escaños y no las ganemos, pero seamos los vencedores políticos de los comicios. Puede pasar que los viejos partidos ganen pero no puedan ni gobernar».

Pero, si fueras presidente, ¿cuál te haría ilusión que fuera tu primera ley?
Hay un tema que es político, pero para mí también algo personal: la reforma de los autónomos. Soy hijo, sobrino y nieto de autónomos. Tienen lo peor de ser trabajadores y de ser empresarios. Si pudieran no pagar hasta conseguir un mínimo interprofesional, lograr un pago progresivo de las cuotas, ayudarles a contratar… sería un guiño a una parte de los soñadores que han creado puestos de trabajo y han sido pisoteados por la crisis.
¿Algo que te gusta del presidente Mariano Rajoy?
Que es prudente. A veces excesivamente (sonrisa).
¿Y de Pedro Sánchez?
Que está intentando (pausa) liderar el Partido Socialista
Ese gerundio suena claramente a elogio envenenado.
Lo está intentando a todas luces, porque no se lo están poniendo fácil. Pero tiene mérito intentar marcar un rumbo sin hacer caso a cada barón.

Albert Rivera es un producto televisivo. Y no se avergüenza de ello en absoluto: «Cuando hablas en televisión, no sólo hablas ante una cámara o un periodista, sino ante millones de ciudadanos. Fíjate qué bien lo explica el nombre y se nos olvida: medio de comunicación. Medio para comunicar. Un lugar donde tú te conectas con la gente».

Se percibe una legitimación de la televisión en tus palabras. La televisión ha recibido muchos ataques en esta legislatura.
Ese desprecio a los medios de comunicación es no entender el siglo XXI. Cuando la gente ve la TV, no se pregunta, a diferencia de un periódico, qué línea editorial tiene. Sostiene un mando a distancia, que es lo más democrático que existe. Si no le gusta, cambia. De la televisión no sólo no reniego, sino que me parece fundamental.
A ti y a Pablo Iglesias os han criticado por vuestro idilio con las audiencias. Como si fuerais políticos catódicos, plebeyos, no de la Corte.
Los que nos han criticado también pueden salir en tv cuando les dé la gana, el problema es que no envían a nadie, la esquivan, como el Gobierno. Y al presidente no le gusta la tele, no le gustan las preguntas de la prensa. ¿De quién es el problema? ¿De los que vamos? ¿O de los que no van? Voy a la televisión porque me llaman.

¿Pero cuáles son los referentes, hoy, de Rivera? El periodista italiano que mejor ha narrado la llegada de Matteo Renzi al Gobierno en Italia es Christian Rocca, director del mensual IL. En un libro de reciente aparición, Non si può tornare indietro (No se puede volver atrás), explica cómo «en abril de 2009, un grupo de veinteañeros y treintañeros, liberales y de izquierdas, se encontraron con la loca y ambiciosa idea de derrotar el flagelo del fatalismo generacional porque, como decía su eslogan, el cambio era inevitable». La actitud, el energético hiperactivismo, la ruptura estética, el cambio de paradigma, la conquista fulgurante del poder, muchas cosas asemejan a Matteo Renzi, 40 años, y a Albert Rivera, 35. No el eslogan, porque el «nada es imposible» que repite sin cesar el político barcelonés parece más un reclamo noventero de zapatillas deportivas. Ahora lo ha enrevesado aún más, como proclamó en un mitin en el madrileño templo de Debod: «No hay nada imposible tras lograr lo imposible». Como untar Nocilla y miel en la misma tostada.

Una portada de la revista IL anunció «el regreso de la tercera vía». Cuatro nombres: Clinton, Blair, Renzi y Valls. ¿Se imagina el suyo en esa lista de líderes de centroizquierda como el quinto posible?
Honestamente, sí. Son cuatro figuras ideológicas con las que me puedo identificar y a varios de ellos, como Renzi y Valls, los he citado. Proceden de una visión progresista pero abiertos a la competencia, a la libertad, al mercado, al talento.,.. Es una visión justa para la sociedad.
O sea, ¿podrías ser un líder de centroizquierda?
Sí. Lo que pasa es que esas izquierdas son progresistas. Y yo siempre digo que una cosa es ser progresista y otra es ser socialista. Para mí progresista es defender la igualdad de oportunidades, que nadie se quede en la cuneta, unos salarios dignos, una ley de dependencia, una educación, una sanidad… a partir de ahí, el equilibrio es que eso se consiga con una economía de mercado que redistribuye la riqueza. Y creo que hay una vieja izquierda que cree que eso se consigue con un intervencionismo que no comparto.

CENTRISMO. La derecha aplaudirá tras leer estas líneas. Por fin lo han desenmascarado: Rivera es de izquierdas. Pedro Sánchez pedirá una tila. Ni lo uno ni lo otro. Lo interesante es cómo el líder de Ciudadanos ha conseguido que ciudadanos de centroizquierda y centroderecha le vean como una opción posible de Gobierno, sin confundir centro con equidistancia. En cierto modo, Albert Rivera es un liberal más de escuela que Mariano Rajoy. Pero también podría ser más reformista que Pedro Sánchez.

¿Podrá seguir caminando sobre el alambre del centrismo hasta el 20-D? La diferencia entre centro y equidistancia, según Rivera, es que el centro «tiene valores» y la equidistancia es mero cálculo. Parece que Rivera intenta encarnar lo que The Economist llamó True Progressivism (Progresismo Real): una nueva forma de centrismo radical que reduzca la desigualdad sin dañar el crecimiento (fue una portada de 2012, cierto, pero esto es España y todo llega tres años tarde). La receta del semanario británico, la Biblia liberal del periodismo, parecía un calco del programa de Ciudadanos: lucha contra el monopolio, apuesta por innovación y escuela sin disparar el gasto público, reforma fiscal… Pero nadie en España lee The Economist. Eso lo sabe Rajoy mejor que nadie.

The Economist nunca habló de la necesidad de un presidente feliz. Y no creo que Rivera apueste un euro a que su vida será mejor como presidente, si llega. Pero con todo su programa, sus propuestas y su canesú, sabe que estas elecciones se decidirán por un estado de ánimo. Y él quiere ser el cuñado simpático que anima la casa tras ocho años de penas. Veremos si España está de humor para sobremesas.

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