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Desembarco de hombres de Estado ante el 27-S

LA CARRERA ELECTORAL

Desembarco de hombres de Estado ante el 27-S

 

En su última obra publicada, El liderazgo en tiempos de crisis, Felipe González asegura que un verdadero líder -como él- «tiene que ser capaz de cambiar el estado de ánimo de la gente». El ex presidente fue capaz de cambiar el estado de ánimo de los españoles durante muchos años. Y está convencido de que aún conserva su capacidad de seducción política. Como los galanes otoñales que aún intentan conquistar a cualquier muchacha, Felipe se ha dispuesto a seducir «a los catalanes». Nada menos. «Los catalanes» le quisieron y le votaron casi igual que los andaluces cuando era el líder del PSOE. Y quiere reconquistarles para que no se vayan con la independencia.

Empezó enviándoles una misiva de amor desesperada en El País. La carta fue muy bien acogida en las elites del Estado residentes en Madrid -donde su liderazgo es indiscutible-, en su partido y en el Gobierno de la Nación. Pero los «catalanes» no mostraron gran entusiasmo y cientos de ellos le respondieron en las redes sociales que se metiera en sus asuntos. Hasta le insultaron por una referencia suya demasiado pasional al nazismo y el fascismo. El único que le envió una respuesta epistolar por el mismo conducto fue otro galán otoñal: Duran Lleida. Dado que «los catalanes» no entendieron bien su primera carta, Felipe González les mandó una segunda días después en La Vanguardia. Vale, estoy dispuesto a reconoceros vuestra singularidad de Nación para que no os vayáis por el mal camino. Y disculpas si cometí algún exceso.

«Felipe está sinceramente alarmado por la situación en Cataluña, no se resiste a callar y quiere influir en los acontecimientos. Cree que aún tiene fuerza y poder de convicción sobre su partido y sobre la sociedad. Siente que faltan estadistas y que los líderes actuales sólo piensan en buscar votos en el corto plazo», asegura alguien que le conoce bien. El ex presidente -tú sí que eres un hombre de Estado escucha a su alrededor mañana, tarde y noche-, no se resigna a que el Estado que contribuyó a construir se esté deshilachando. Por ello ha ido al fondo del asunto, proponiendo el reconocimiento en la Constitución de la singularidad de Cataluña para frenar las ansias de independencia. El fin del café para todos. La única forma de que los catalanes se queden en España. Una propuesta que tiene poco que ver con el Estado federal que quiere su partido y nada con la doctrina del PP. Si la primera epístola del ex presidente a los catalanes fue acogida con gran regocijo en el Palacio de La Moncloa, la segunda ha producido urticaria. «Ha vuelto al redil», dijo Aznar antes de saber que quiere reformar la Constitución para reconocer a Cataluña como nación y estas palabras fueron auténtico azufre para el ex líder socialista.

Felipe González no es el único estadista que ha irrumpido en la precampaña del 27-S con el ánimo de influir en el estado de ánimo de los catalanes. Mariano Rajoy quiere hacerlo a lo grande, importando líderes auténticos de fuera de España. Angela Merkel y David Cameron han sido los primeros. Tras cambiar impresiones con el presidente del Gobierno español, la canciller alemana y el primer ministro británico han considerado conveniente advertir a los catalanes de que si votan a Junts pel Sí, serán expulsados del paraíso de la UE. Una obviedad que no hará desistir a ningún independentista. Algunos ya lo saben y no les importa, y otros no se lo creen y en paz. Al activar la participación de líderes internacionales, Rajoy asume el relato de Artur Mas. No son unas elecciones autonómicas -como cansina e inútilmente se sostiene en los actos del PP-, sino un plebiscito sobre la independencia de Cataluña.

Coincidiendo con este desembarco de hombres de Estado ante el 27-S, Artur Mas ha sacado a pasear a José María Aznar para utilizarlo como espantajo movilizador. Ya estamos todos. Seguramente el interesado lo ha acogido con gozo y deleite. Aún en las épocas en las que está callado, puede pensar, sus palabras siguen golpeando donde más les duele -«antes se romperá Cataluña que España»- a los secesionistas.

¿Servirá esta inflación de estadistas en la precampaña catalana para influir en el estado de ánimo de los electores? Hay serias dudas. Felipe González y José María Aznar tienen éxito entre las elites madrileñas, pero son nombres que no dicen gran cosa a los catalanes más jóvenes. Y sólo recuerdos de un tiempo pasado para los mayores. Además, sus dos partidos -PSOE y PP- son minoritarios en el Parlament. Ellos solos no pueden parar el proceso independentista en las urnas el 27-S ni sacar de su casa a los catalanes que nunca votan en unas autonómicas. Que, por cierto, es la única forma de detener el «proceso».

Para esta operación de Estado tendrían que haber contado con dos políticos nuevos, Albert Rivera y Pablo Iglesias, cuyas fuerzas políticas -no independentistas- están en auge en Cataluña. Claro que los estadistas creen que ellos solos se bastan.

http://www.elmundo.es/espana/2015/09/06/55eb031ee2704e86698b4576.html

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