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El empuje de los partidos ‘emergentes’ deja viva a Santamaría pero tocado a Sánchez

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y Soraya Sáenz de...

Un espectáculo más que un debate. Tres candidatos y una vicepresidenta. Tres hombres y una mujer. Dos representantes de partidos tradicionales y dos de fuerzas emergentes. El bipartidismo frente a la novedad. Y todos condicionados por las encuestas, presionados por los votos. El debate fue vivo, aunque desbordante de argumentarios, trasladando la imagen de tres partidos que luchan denodadamente por el poder y uno que batalla por no perderlo. En definitiva, anticipó la vida trepidante que sin duda se desarrollará en el Parlamento en la nueva legislatura. Y todo propiciado por la pujanza de los partidos nuevos que ya miran cara a cara a los de siempre.

Dieron la talla, los cuatro. Santamaría sustituyó con solvencia a Rajoy, el gran ausente, pero ella era la que menos se jugaba. Dominó en la economía y flojeó, claro está, en el apartado sobre corrupción. Era la única no candidata. Acudió al debate en suplencia del presidente, pero daba igual porque es la voz de Rajoy, su lugarteniente. Cierto es que partía con la ventaja de apostar con monedas ajenas.

Una situación muy distinta a la que se enfrentaba Pedro Sánchez, presionado dentro y fuera de su partido. Acosado por las encuestas que le sitúan al borde de caer a la tercera posición. El líder del PSOE, pese a su mala posición de partida, se mostró más sereno que en otras ocasiones. Quizá porque sabe que aún le queda la gran oportunidad: la de batirse cara a cara con Rajoy.

Y luego, Albert Rivera y Pablo Iglesias. Para ambos, todo o casi todo era ganar. Errores muy grandes tenían que cometer para rebajar las ganas que muchos españoles tienen de votarles. Y ciertamente no los cometieron. Entre los dos, el que toreaba un morlaco más complicado era el líder de Ciudadanos. Su ascenso meteórico en los sondeos parece que le pesa. Cree que está a punto de conseguir ser segunda fuerza y no podía permitirse ninguna equivocación.

En las postrimerías del debate, todos se pronunciaron respecto a lo que sucederá el21-D, cuando se confirme que ningún partido tendrá la mayoría absoluta delCongreso y se iniciará el periodo de la negociación.

Rivera aseguró que la lista más votada es la que debe intentar formar Gobierno. «No bloquearemos al que sea el más votado, pero si no lo logra y hay alternativas nosotros lo intentaremos», dijo.

Iglesias defendió lo que llama sistema parlamentario y no presidencialista. Apostó por los acuerdos, sean los que sean, pero sobre bases programáticas. Y arremetió duramente contra Sánchez al que, se dedujo, no daría en ningún caso apoyo. Más aún, llegó a sugerir que Pedro Sánchez está mangoneado por fuerzas internas del PSOE.

El socialista insistió en un cambio de Gobierno y repitió que sólo el PSOE lo garantiza. En su opinión, «está claro que Podemos no va a ganar las elecciones», por eso sus rivales son Rajoy y Rivera de la mano.

Santamaría hizo hincapié en que sólo el PP es claro en esta cuestión: «Debe garantizarse que gobernará la lista más votada». No hubo acuerdo en este punto. Y tampoco en los restantes. La única excepción se produjo, con leves matices, cuando abordaron la violencia de género. Sólo ahí se atisbó un esbozo de consenso.

La primera parte del debate estuvo dedicada a la economía, en la que predominó el argumento de fondo que Santamaría y Rivera defendieron al unísono, y que ambos arrojaron directamente sobre el tapete del candidato socialista: «Cuando el PSOE salió del Gobierno, el país estaba al borde del precipicio».

Sánchez e Iglesias intentaron plantar cara atacando la idea de C’s de crear uncontrato único, que en opinión de ambos consagra «el despido libre». El líder del PSOE aclaró que su intención es eliminar la reforma laboral porque acabó con la negociación colectiva. Fue este el apartado más flojo del socialista, sobre el que pesa aún la herencia recibida.

Los impuestos también dieron juego. Especialmente a Rivera, que no dudó en atacar la amnistía fiscal que hizo el PP. Santamaría recalcó que la idea de su partido es cubrir la factura del déficit «con crecimiento» y acusó al resto de sus rivales de proponer fórmulas que siempre acaban con una subida del IVA.

Iglesias habló de un IRPF progresivo para los sueldos altos y de otro de solidaridad que pagarían los bancos. Sánchez insistió con la amnistía fiscal que, dijo, ha beneficiado a los corruptos del PP.

Por su parte, la vicepresidenta aseguró que en la nueva legislatura «no habrá más recortes». Justificó la gestión económica de estos cuatro años y, por su puesto, no olvidó recordar la situación dramática en la que encontraron al país al llegar a La Moncloa. Santamaría dominó en este apartado. «Es muy fácil hablar y muy difícil gobernar», insistió.

Sin embargo, Rivera, poco dispuesto a que le encasillaran al lado del PP, apuntó que lo que se ha hecho en los últimos años «no han sido reformas, sino recortes».

La corrupción dio posibilidad a la vicepresidenta de enhebrar un discurso tajante, aunque a sabiendas de que en este terreno llevaba las de perder. «Quien la hace la paga», fue su mensaje. «No hay impunidad», dijo, «lo garantizamos». A Iglesias no le convenció en absoluto. El líder de Podemos en este ámbito machacó. Y no dudó en afear a Santamaría el haber estado «tan cerca de los corruptos» y no haberse enterado de nada. Remató con una frase : «Sé fuerte Luis, se fuerte», recordandolos SMS de Rajoy y Bárcenas. Y ella replicó: «Paga Monedero, paga».

Sánchez, cuyo partido también ha estado involucrado en casos de corrupción, leyó la lista de acusaciones que pesan sobre miembros del PP. La vicepresidenta lamentó entonces que el PSOE no haya firmado ninguna de las medidas contra la corrupción que ha propuesto el Gobierno.

El punto de sosiego lo puso Rivera, que exhibió la portada de EL MUNDO con los papeles de Bárcenas, pero intentó evitar que la refriega se polarizara entre PP y PSOE desembocando en el «y tú más». Iglesias asumió el papel de político limpio, lanzando críticas contra todos, repasando los nombres de los principales corruptos y reprochando a Sánchez las puertas giratorias. Fue su momento estelar. La corrupción enfrentó a los cuatro y poco a poco les dirigió a la posibilidad de la reforma electoral y de ahí, a Cataluña.

Rivera defendió que la solución no pasa por romper España sino por que todos los españoles se impliquen en un proyecto común. Santamaría repitió los argumentos del Gobierno. «Lo que sea España debemos decidirlo todos», remató.

Sánchez defendió a capa y espada la reforma de la Carta Magna. Para el socialista, el reto independentista tiene un «culpable», que es Artur Mas, y un «responsable», que es Rajoy, una afirmación que llevó a la vicepresidenta a acusarle de «equidistancia». La voz más discrepante fue la de Iglesias, que defiende el derecho a decidir de los catalanes y apuesta por una Constitución que recoja su singularidad.

http://www.elmundo.es/espana/2015/12/07/5665be8446163f87598b4620.html

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