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España, bajo la amenaza del islamismo radical

España tiene un nivel alto de amenaza en estos momentos respecto al terrorismo islamista», es más, «hay una elevada posibilidad de que pueda producirse un atentado en España o contra los intereses españoles en el extranjero», advierten los expertos de las fuerzas de seguridad 10 años después de las crudelísimas bombas del 11-M.

Coinciden con los especialistas de instituciones como el Instituto Elcano, que en un informe reciente precisan que «después de Francia, somos el país más agresiva e insistentemente mencionado por los líderes islamistas. Se refieren a líderes como el español Setmarian, uno de los principales referentes ideológicos en la estrategia global de Al Qaeda, o el egipcio Ayman Al Zawahiri, el jefe de la organización desde la muerte de Osama bin Laden. En varias ocasiones, ha llamado a «limpiar el Magreb musulmán de los hijos de España», en alusión implícita a las ciudades de Ceuta y Melilla.

¿Cómo se sabe que existe esa amenaza potencial? ¿De qué depende que se sustancie? Hace ya muchos años que la cruda experiencia ha venido demostrando que el terrorismo yihadista no se atiene a los esquemas aplicables a otro tipo de terrorismos. Su falta de estabulación jerárquica por comandos, la peculiaridad de sus criterios distintos a la mentalidad occidental, la carencia de estructuras consideradas tradicionales, su carácter global, todas estas características lo hacen menos asible y mucho más difícil de combatir. Se trata, en definitiva, de un terrorismo de compulsión medieval, anclado en el siglo VII, pero que utiliza la libertad y los derechos de los países democráticos a los que pretende combatir, así como las últimas tecnologías y, muy especialmente, las ventajas que depara Internet, para crecer y organizarse.

En España, estudios técnicos basados en los terroristas que han pasado por la Audiencia Nacional indican que una primera hornada de radicalismo se gestó en las décadas de los 80 y 90 como consecuencia de los diversos conflictos internacionales surgidos en aquella época.

Fotograma del vídeo en el que se ve al ceutí Rachid Hussain antes del atentado suicida en Siria.

La guerra desencadenada en Afganistán tras la invasión soviética, la represión de Hafed el Assad sobre los Hermanos Musulmanes a partir de 1982, la guerra civil en Argelia, los enfrentamientos en los Balcanes o el primer conflicto checheno tuvieron como efecto que un importante número de perseguidos en cada uno de estos enfrentamientos se trasladase a España y permaneciera más o menos durmiente en nuestro país; o que incluso musulmanes originariamente españoles o residentes en España sintiesen un primer aldabonazo hacia su extremismo que fue perfectamente rentabilizado por una organización, Al Qaeda, que se había ido consolidando.

Desde entonces, en algunas zonas de España, como Madrid, Cataluña especialmente, Valencia y después Ceuta existe de facto un Estado dentro del Estado que ha ido creciendo, cuya enorme entidad sigue pasando inadvertida y que, según los informes de los Servicios de Inteligencia, «supera ampliamente los límites constitucionales». Una sentencia de la Audiencia Nacional fechada en 2005 que sirvió para denegar la nacionalidad española a un hombre residente en Dos Hermanas, de ideología tabligh, ya determinaba su «falta de integración en la sociedad española y su absoluto desinterés por una integración futura», características de este tipo de radicales.

«Se trata», advertía el juez, «de un fundamentalismo religioso que pretende la reislamización de la sociedad, de forma que la conducta de sus seguidores se rige por una serie de normas dictadas por sus líderes que afectan a todas las formas de la vida cotidiana, incluyendo la forma de vestir y que establece la posición subordinada de la mujer». Los jueces constataban ya entonces que el conflicto se producía cuando colisionaban las leyes españolas con las establecidas por los líderes religiosos: el rigorista considera que sólo éstas últimas son las que tienen validez.

Estudios técnicos basados en los terroristas que han pasado por la Audiencia Nacional indican que una primera hornada de radicalismo se gestó en las décadas de los 80 y 90

El ejemplo más mencionado durante estos años ha sido el de la creación de un tribunal islámico compuesto por 20 hombres que condenó a una mujer embarazada a la que se acusaba de haber mantenido una relación con un «infiel». Pero no es el único y, dado el modo en el que los radicales extienden sus redes para el proselitismo y que sus seguidores cada vez son captados a edades más tempranas, no es de extrañar que los expertos alerten sobre lo que puede ocurrir en menos de una generación.

Hace apenas tres años, unas 100 mezquitas, el 10% de los oratorios musulmanes en España, se dedicaban a divulgar el islamismo radical y al menos 30 de ellas contaban con escuelas igual de radicales que las habidas en Afganistán. A pesar de lo alarmante del dato, lo cierto es que las mezquitas no son el principal ámbito de radicalización. Un 73% de los casos se produce en domicilios particulares y más de un 17% ha sido contabilizado en las prisiones, en concreto en el centro penitenciario de Topas, donde durante una intensa época, delincuentes comunes de religión musulmana se trocaban en yihadistas. Hasta hay algún equipo de fútbol que fue creado para captar y ocultar este tipo de actividades.

Imagen del atentado suicida en Idlib (Siria) cometido por el islamista español Rachid Hussein.

Como reza un dicho árabe que los islamistas han hecho suyo hasta las últimas consecuencias: Vosotros tenéis el reloj, nosotros el tiempo. Puede casarse, tener hijos, parecer asentado y después desaparecer porque han pasado a formar parte de una red de captación o de enlaces —hay decenas en España en estos momentos, conectados con compañeros de otros países europeos— o, más directamente, porque, tras ser captados o permanecer latentes durante años, han decidido participar en la guerra santa.

En ese caso están los aproximadamente 16 españoles que el pasado año decidieron marcharse a Siria para luchar contra el régimen de Bashar Asad. No dieron una sola explicación a sus mujeres y dejaron a sus hijos sin pensárselo. No consta que ninguno haya regresado vivo y las imágenes de uno de ellos, Rachid Hussain Mohamed, dieron la vuelta al mundo tras ser colgadas en la red. Este taxista ceutí de 32 años había sido filmado pocos minutos antes de hacer estallar contra un cuartel del ejército sirio, el camión en el que iba como copiloto.

Su caso muestra otro aspecto del problema. Un informe de las Fuerzas de Seguridad señalaba a Omar El Hadouchi como inductor del viaje suicida de varios españoles. Este imam había estado preso varios años en su país por su presunta participación en los atentados de Casablanca de 2003 y, a pesar de haber sido indultado, tenía prohibido dirigir el rezo en su país, pero nadie se lo impidió en España, donde varios imanes moderados se ofrecieron hace un par de años al Ministerio del Interior para ayudar a identificar e impedir la entrada a los radicales expulsados por su extremismo de países musulmanes y que se desplazan con el objetivo de sentar doctrina.

Hace apenas tres años, unas 100 mezquitas en España, se dedicaban a divulgar el islamismo radical

Expertos como Fernando Reinares advierten de que, una vez superado el clímax de los conflictos de Siria y Mali, «estamos en un punto de inflexión en el que la amenaza empieza a revertir sobre Europa Occidental». No en vano, esos conflictos y aquellos habidos en los países en los que la primavera árabe se ha visto frustrada, han constituido un segundo aldabonazo para el radicalismo, también en España.

Tras el atentado del 11-M, ha habido otras amenazas explícitas, como la desactivada por la Guardia Civil con la operación Cantata, en enero de 2008, en la que un indio y 13 paquistaníes fueron arrestados cuando preparaban atentados suicidas en el metro de Barcelona. Mucho más recientemente, Mohamed Echaabi fue detenido en Valencia cuando ultimaba un atentado contra una personalidad sin concretar –de «relevancia político social» y que perjudicase a «intereses judíos en Valencia», según fuentes policiales–.

El terrorista fue arrestado cuando ya se había provisto de un arma y se disponía a resarcirse de la frustración de no haber podido atentar en Israel por prohibición expresa de grupos terroristas palestinos que temían no poder controlar las consecuencias de la agresión.

Las fuerzas de seguridad tienen abiertas unas 100 operaciones de «control preventivo» en las que vigilan a unos 30 yihadistas «flotantes», como Echaabi. Una de esas operaciones de control a principios de 2013, tras el atentado de Boston, permitió comprobar cómo funcionan: uno de los detenidos, Nouh Mediouni, de 23 años, reconoció ante el juez pertenecer a Al Qaeda en el Magreb Islámico.

Imagen del atentado suicida en Idlib (Siria) cometido por el islamista español Rachid Hussein.

Había entrado en contacto con la organización terrorista a través de las redes sociales, primero en foros abiertos y después a través de su captador —pasó más de un año antes de que se ganara su confianza y recibiese una cita personal— mediante el sistema ‘pal talk’, al que sólo pudo acceder con una clave secreta. Su captador fue el jerifalte de Al Qaeda Nouredine El Youbi, el encargado de llevar a los aspirantes a los campos de entrenamiento y número dos de una de las dos facciones más potentes de esta organización situada en Mali a las órdenes del argelino Mokhtar Balmokhtar.

Una frase contra España pronunciada por cualquiera de esos tipos o por un imam con su propia doctrina a través de Internet —el islam no tiene una figura referencial que unifique la doctrina— puede tener efectos exponencialmente peligrosos y activar, sin más, a los más predispuestos. Los motivos esgrimidos pueden ser muchos: desde la participación del país en un conflicto como el de Afganistan —recuérdese el reciente asesinato en Londres de dos soldados o el lobo solitario francés que acabó siendo abatido—; porque Al Andalus continúa cautiva, o simplemente porque consideran que una operación policial contra un grupo de islamistas radicales —como ha ocurrido recientemente— es considerada «una ofensa hacia el Corán y un insulto al Islam».

Las fuerzas de seguridad sostienen que, operativamente, en cuestión de medios y de atención, las circunstancias han cambiado mucho desde marzo de 2004. Antes de esa fecha aciaga, el virulento terrorismo de ETA se llevaba todas las atenciones. Pero, aun así, el Instituto Elcano insiste en que hace falta un plan para combatir el yihadismo. «Un plan que abarque la educación y los medios de comunicación y que se dirija a los focos detectables de producción de extremismo islamista porque esto no va de pobreza ni de integrar a la sociedad musulmana en general» Esto es distinto, advierten, y enormemente complicado.

http://www.elmundo.es/especiales/11-m/la-decada/4.html

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