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Franco contra el tebeo

La censura se cebó con el cómic y lo aprovechó como instrumento de doctrina

Begoña Gómez – ADN

Roberto Alcázar: ¿'facha'?

Roberto Alcázar: ¿’facha’? – «¿Ataca al dogma?, ¿ataca a la Iglesia?, ¿a sus ministros?, ¿a la moral?, ¿al régimen y a sus instituciones?

Una ficha como ésta es la que los censores franquistas debían rellenar sobre cada tebeo que pretendía publicarse en España a partir de 1939.

Este filtro tan específico, centrado en la paranoia político-ecelesiástica hizo, según explica Vicent Sanchís en el libro Tebeos mutilados (Ediciones B), que entre 1947 y 1952 se colase en revistas como Pulgarcito un humor «mucho más corrosivo» que el que después practicarían los medios de marchamo progre como La codorniz o Hermano Lobo. En aquellos años florecieron la aventura de El Capitán Trueno y la sátira social bañada de miseria de Carpanta.

Hermano pobreTebeos mutilados viene a llenar un hueco en la historia de la censura franquista. Con el tebeo, frecuente hermano pobre de las artes,  «nadie hizo lo que Roman Gubern con el cine o lo que Justino Sinova con la prensa», explica Sanchis.

El autor, que ya publicó antes Franco contra Flash Gordon, establece varias etapas muy diferenciadas en la historia del tebeo en tiempos de Franco. Una inicial que coincide con la instrucción de guerra en la que nacen publicaciones como Flecha o Pelayos para el perfecto niño falangista (o carlista). Mientras, por cierto, en el bando republicano, una corte de pedagogos, psicólogos y profesores no se ponía de acuerdo en qué hacer con los cómics.

Apagados los ecos de guerra, estos tebeos dejan de tener éxito y surge esa relativa etapa de oro, ejemplificada en  Pulgarcito, en que la censura aún no está tipificada. Más tarde entra en acción el dominico Jesús María Vázquez, un cura de ideas reaccionarias que sufre, por ejemplo, por los efectos de la violencia en las mentes infantiles. A la larga, la aplicación de esas teorías, que se endurece con la llegada de Manuel Fraga al Ministerio de Información y Turismo, acabará «matando de pena» al Capitán Trueno, seguramente el gran héroe del cómic de los años oscuros.

La censura también iba por casas y se aplicaba más duramente en Madrid que en Barcelona, donde la gran factoría de Bruguera encontró una manera de lidiar con el estamento franquista. Curiosamente, el fin de la censura en los años setenta no supuso un florecimiento del cómic español. La tele acababa con el tebeo como rey del ocio infantil.

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