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Por qué Tsipras no es Adenauer

Syriza ha evocado la Conferencia de la Deuda de Londres de 1953, donde los aliados perdonaron en torno al 50% de los pasivos alemanes del siglo XX, para que se le aplique algo parecido. Pero los hechos demuestran que la situación es muy diferente. La Grecia de Tsipras se parece más a la Alemania de Weimar y de Hitler que al país destruido y tutelado por los aliados que en 1952 empezó a negociar el acuerdo.

Hoy es difícil imaginar una Alemania morosa y traicionera, pero no lo era en 1952 ni en 1921. No es, sin embargo, el país de Adenauer el que habló de repudiar la «deuda odiosa» sino el de Hitler. Fue éste último, además, el que declaró el default de la mayoría de las deudas. Y fue Weimar la que se dio cuenta de que, dada la ambigüedad con que se fijaron las reparaciones en Versalles, mientras más impuestos extrajera de sus ciudadanos para pagar, más exigirían los vencedores. Por el contrario, Adenauer lo que buscaba era volver a poner en pie al país y reinsertarlo en la economía occidental, no enfrentarse con ella. Por eso partió reconociendo todas las deudas del siglo XX.

Un asunto, denunciado por Keynes, dominó las discusiones de entreguerras: la cuestión de las transferencias. Esta sostenía que aunque Alemania reuniera el dinero para pagar, al transferirlo al extranjero estresaría su balanza de pagos y dañaría su competitividad. Gran parte del debate sobre el austericidio recoge elementos de esta vieja polémica.

Lo cierto es que el acuerdo de 1953 demostró que los aliados habían aprendido de los errores de Versalles. Como dice el profesor de Yale, Timothy Guinnane, autor de Financial Vergangenheitsbewältigung: the 1953 London Debt Agreement, el pacto «refleja una comprensión sutil y responsable de los problemas asociados con las reparaciones y las crisis de deuda de los años 1920 y 1930, así como los temores acerca de los problemas de riesgo moral que podían surgir si cualquier parte del acuerdo quedaba condicionada a acontecimientos en los que Alemania pudiera influir». La Alemania de Adenauer no respondió por toda la deuda que reconoció. La de la desaparecida RDA quedó condicionada a la reunificación. Pero este era un hecho que durante 36 años no estuvo al alcance de los propios alemanes. Por tal razón, sólo en 1990 se emitieron los bonos para pagarla. No era justo que una parte de un país escindido pagara por la otra, pero tampoco lo era que el tenedor de bonos de Dresde perdiera toda esperanza de cobro por no haberlos adquirido en Fráncfort.

Una idea central del acuerdo de Londres fue que para afrontar sus deudas, Alemania necesitaba tener un superávit comercialconsistente, como había pedido Keynes. Es decir, ligar la capacidad de pagos a una balanza por cuenta corriente no manipulada. Lo que el proteccionismo de los años 1930 impidió, en 1950 se consiguió ampliamente. En 1953, el superávit alemán fue de 708 millones de marcos y dedicó 567 millones a pagar deuda e intereses; en 1968, el superávit fue de 18.400 millones de marcos y se dedicaron 765 millones a la deuda. Resultado: salvo la deuda reconocida en 1990, Alemania canceló todo en 1983. Fue importante para ello la actitud de Adenauer de «romper con el pasado» y asumir la deuda como una «carga moral». Se evitó así lo que ocurrió en Weimar: que el propio Gobierno desincentivaba la exportación para no tener superávit. Estas mismas dudas recaen hoy sobre el superávit griego, cuestionado por el propio Varoufakis.

Más hechos separan la Alemania de Adenauer de la Grecia de Tsipras. El pacto de Londres se alcanzó en plena Guerra Fría (de alguna forma el acercamiento de Atenas a Rusia busca revitalizar ese escenario) y, como decía Keynes, «una Europa sana necesita una Alemania sana«. La historia permite restar dramatismo a lo que vemos hoy en Grecia. Pero es muy importante no dejar que sea adulterada.

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