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RECUERDOS DE UNA MASIA

masia2Cuando tenía pocos años, tuve la oportunidad de ir a pasar varias semanas de cada verano, en una masía perdida en el bosque de la comarca de La Selva. Para mi era muy estimulante por la libertad que gozaba, todo lo contrario de cuando vivía en mi casa en Barcelona. Podía correr, tener aventuras por el bosque, ir a buscar los huevos que las gallinas ponían en cualquier sitio adecuado, coger higos maduros directamente del árbol, etc…

Han pasado sesenta y cinco años, y todavía mis recuerdos son muy nítidos, tal era el impacto que me causaba. Si me he referido a la libertad que tenía, como una nota positiva de mi estancia, también puedo mencionar a notas no tan positivas, tales como:
  • No había electricidad. Cuando anochecía se utilizaban luces de carburo, cuyo olor recuerdo muy bien. Un verano, ya cerca de los cincuenta, compraron una radio a pilas, pero no se ponía casi nunca por el gasto que tenían las pilas.
  • No había inodoro, ni pozo muerto, simplemente había un gran gallinero, y allí tenías que ir. Por la noche se utilizaban los orinales.
  • Ellos se hacían el pan. Cada quince días ponían en marcha la “pastera” y el horno y allí se hacía un pan estupendo. Claro que era fenomenal los primeros días, pero luego se iba endureciendo hasta que solo servía para hacer sopas de pan. Por cierto muy buenas, con unas hojas de menta recién cogidas y la clara de huevo (también recién cogido)
  • Mi abuela, que era mi jefa allí, quería que me bañase cada semana. Para ello, ponía una enorme perola llena de agua helada recién sacada del pozo, y la exponía al sol. Al cabo de dos o tres horas tenía que meterme allí dentro, y empezaba mi tremolina.
  • En la masía habían seis varones (padre con cinco hijos) y dos mujeres (madre e hija). Cuando llegaba alguna festividad, la fiesta mayor o el santo del patriarca, se ponía una mesa con todo tipo de comidas a cuál más exquisita, pero las dos mujeres no tenían sitio en la mesa. Las recuerdo sentadas en unas sillas “bajas” de mimbre y recostadas en la pared, comiendo con el plato en la falda.
  • Era la época del estraperlo, por lo que en la fiesta mayor no podían faltar los guardias civiles, borrachos como cubas
  • El caballo de tiro era una pieza esencial en aquella vida, especialmente para arar y transportar. Cuando enfermaba o moría era un auténtico drama económico para la familia.
Y así podría referirme a mil facetas distintas de una vida muy dura. Pero este tipo de vida es la que ha tenido la humanidad durante muchos siglos y es la que nos ha permitido llegar hasta donde estamos.
Desde el inicio del hombre civilizado (Egipto, Grecia, etc..) la vida se ha desarrollado con estos parámetros, y aún peores, pues al menos en mis recuerdos no hay ni un ápice de inseguridad. Y sin embargo la humanidad ha crecido en conocimientos y en comodidades. Hoy, no solamente tenemos electricidad, inodoros, automóviles, es decir “cosas”, sino que además hablamos con las mujeres en igualdad de condiciones (o casi), disponemos de conocimientos que llegan a curar los tumores y encima, mi generación no ha tenido que ir a ninguna guerra. Y todavía nos quejamos……

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