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Vejez y autonomía

Los expertos insisten en la necesidad de personalizar los sistemas de atención a las personas mayores

SEP PLAYÀ MASET | Barcelona | 24/11/2010 |(La Vanguardia)

Las sociedades occidentales tienen cada día más personas viejas, ese término cada vez más cuestionado que sirve para etiquetar a quienes han entrado en la edad de la jubilación. Yesas personas que superan los 65 años cada vez tienen una esperanza de vida mayor. Son más y con mejor calidad de vida, y exigen una atención especial para atender sus necesidades de información, intimidad y autorrealización.

«La vejez no es un paréntesis en la vida de las personas, sino una etapa que tiene unos derechos y unas posibilidades», dice Marc Antoni Broggi, director del curso La persona mayor enferma: fragilidad y autonomía, impartido recientemente por el Centre Ernest Lluch de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Barcelona. Broggi considera que es necesario «ayudar a la gente mayor para que no disminuya su capacidad de decisión, para que aunque sea mayor y ya esté en una situación de dependencia física tenga el máximo de autonomía posible». Un planteamiento que corrobora la vital presencia en la clausura de este curso de su padre, el médico Moisès Broggi, que con 102 años dispone de una envidiable lucidez intelectual.

Begoña Román, profesora de Ética de la Universitat de Barcelona, considera que «existe una nueva amenaza a los derechos delhombres, que es el trato a las personas mayores».Ya continuación enumera algunas de estas afrentas. La primera y más evidente: el trato infantil, ese que se traduce en el tuteo a los ancianos en hospitales y residencias, el habitual «abuelito» o el diminutivo del nombre con el que algunos cuidadores se dirigen a esas personas. En segundo lugar, la «tiranía de la salud», esa práctica que impulsa a familiares, médicos y cuidadores a imponer determinados regímenes alimentarios y farmacológicos al enfermo. La profesor Román cita la anécdota de un anciano que a los 85 años se lamentaba de que no le dejaban tomar un vaso de whisky y un puro de vez en cuando, pese a que lo había hecho a lo largo de toda su vida y estaba en plenas facultades para decidir que eso era lo que quería, aunque no fuese «recomendable». Y en tercer lugar apunta a la rigidez institucional, que se traduce en el caso de las residencias en normas más pensadas para los cuidadores que para los ancianos, especialmente en cuanto a los horarios. «Se presenta como un elemento positivo que a las ocho los ancianos ya están levantados, aseados y desayunados, cuando a lo mejor lo que ellos desearían sería seguir durmiendo», dice con sorna.

Pilar Gómez, del Institut de l’Envelliment de la Universitat Autònoma de Barcelona, desgrana aspectos concretos de lo que considera la «negación» del enfermo o del anciano cuando entra en un centro hospitalario, y especialmente en una UVI: el tuteo –»que pasa más en medios sanitarios que en los servicios sociales»–; la negación del interlocutor, puesta de manifiesto cuando el médico se dirige a los familiares para hablar del paciente que tiene delante, como si no estuviera; la falta de información al enfermo; e incluso la falta de respeto, que ejemplifica en el caso de los camilleros o enfermeros que se explican las aventuras del fin de semana mientras cuidan mecánicamente al enfermo.

Para Marc Antoni Broggi, todo se resume en la personalización del trato. En enfocar el cuidado de los ancianos de modo que puedan expresar sus deseos, que su mundo sea considerado incluso hasta que no se puedan valer por sí mismos. Entre las muchas experiencias de interés están las de algunos países nórdicos donde hay residencias que permiten a los ingresados llevar su mobiliario al centro para que se sientan como en casa.

Begoña Roman prefiere hablar de «las personas merecedoras de especial atención», porque todos lo somos en algún momento u otro. Según ella, «el trato acogedor, interactivo, dinámico, personalizado, ayuda a tener una vida digna y eso a su vez permite elegir sobre la calidad de vida». Yconcluye: «La vejez es una conquista social y hay que reconsiderar cómo gestionamos ese éxito que supone haber pasado de vivir hasta los 50 en perfectas condiciones físicas a hacerlo hasta los 70». Y esta lucha en favor de una mejora de las condiciones de vida la extiende también al «derecho a morir dignamente» porque «no debemos olvidar que podemos ganar una tregua a la muerte pero somos mortales».

Mercè Pérez Salanova, responsable del área Psicosocial y de Participación de la UAB, recuerda también la recomendación de la OMSsobre el «envejecimiento activo» y asegura que el primer deber social es «evitar la homogeneización de un colectivo caracterizado por su diversidad». Y señala la paradoja de que «vivir más años sea un triunfo y en cambio nadie quiere los signos del envejecimiento», probablemente por ese temor a la dependencia pero también por las barreras que se han creado a la autonomía y al aprovechamiento de la experiencia de las personas mayores.

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