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Viaje a Lisboa

Pilar Cámara, Lisboa . – La primera semana de enero hicimos una breve visita a Lisboa. Llegamos allí equipados con un plano del metro y con una de esas guías con plano de la ciudad incluido y que te orientan sobre todo lo que se puede ver cuando dispones de poco más de un fin de semana.

La visita combinó el recorrido de los lugares de mayor interés turístico y cultural con la degustación de algunas muestras de la gastronomía portuguesa, y el buen tiempo y una temperatura de invierno suave nos acompañaron todos los días. Por cierto, junto al río había tanta bruma que parecía que los grandes puentes flotaban en el aire y sólo en contados momentos pudimos ver la otra orilla.

Fuimos a Belém en un eléctrico (que es como allí llaman a los tranvías) para visitar los monumentos citados en todas las guías: la Torre de Belém, el Monasterio de los Jerónimos, el Monu-mento a los Descubridores y la tienda de los Pasteles. Coincidimos con la salida del Dakar. Pero nada que ver con las grandes aglomeraciones que se forman en Barcelona cuando hay un acontecimiento deportivo de ese nivel. El Monasterio de los Jerónimos nos impresionó. Resultaba fácil imaginar, al recorrerlo y al subir a la Torre de Belém, lo que debió ser Lisboa en la época en que los grandes navegantes salían de allí a descubrir nuevas tierras.

Recorrer andando la parte antigua fue muy agradable, pues está llena de rincones apacibles. Además, si no nos apetecía subir alguna de las abundantes cuestas que ascienden por las colinas, tomabas un eléctrico y llegabas a lugares como el Castillo de San Jorge, desde los que se podía disfrutar de una buena vista de la ciudad, lo mismo que nos sucedió cuando subimos al Mirador de Santa Justa.

A mediodía comíamos en alguno de los restaurantes del centro (buscamos locales en los que predominaban los lugareños) y probamos distintas especialidades de bacalao que, además de estar buenísimas, tienen un precio mucho más asequible que en Barcelona. Cenábamos en las «pastelarias» en las que típicos pasteles portugueses son una tentación en la que hay que caer obligatoriamente, aún a riesgo de volver a casa con algún kilo de más. Las que más nos gustaron fueron la Antiga pastelaria de Belém y la Confeitaria Nacional en la Plaza de la Figueira, que son dos de las más antiguas y famosas de la ciudad, aunque hay que decir que algunas de las que están en la calle Almirante Reis también son buenísimas.

Pilar Cámara

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